LIMA, LA GRIS.
PRÓLOGO
He conocido a lo largo de mi vida muchas personas que han caído hipnotizadas por las luces estroboscópicas de aquella ciudad que no duerme, una verdadera jungla de acero y concreto que no perdona rezagos, que penaliza con rigor castrense las actitudes párvulas o ingenuas y que castiga con olvido absoluto a los que se pierden entre las rendijas de sus aceras manchadas con el hollín del desprecio, la frialdad y el caos citadino. Hoy quiero desglosar algunas de las animadversiones que esta ciudad y yo hemos cultivado a lo largo de todos estos años. La historia de cómo la ciudad más importante de nuestro país se volvió el recuerdo más triste y soso de mi vida, geográficamente hablando. La panza de burro, la vorágine hecha ciudad, el cielo apagado y mustio que tantas veces se ha salido con la suya cada vez que me ha tenido bajo su dominio. Este ensayo te lo dedico, Lima, la gris.
23 de noviembre de 2025 – 01:10 am
LOS REYES ME QUITARON A MI PAPITO.
Yo era un infante de no más de 4 años cuando todo sucedió. Por aquel entonces, mi vida era casi perfecta, aunque en mi corto entendimiento no todo era color de rosa puesto que mis padres estaban disgustados uno con el otro y al parecer, la discusión no tenía ni tendría buen puerto. Veía a mamá nuevamente embarazada pero no de mi padre, no, ese lugar ya había sido ocupado por otra persona, estaba bien, aquella nueva persona me trataba bien, no me quejo. Por otro lado, papá parecía ocultar tristeza en los ojos, quizás no por el disgusto con mamá, sino, por aceptar que su versión de “felices para siempre juntos” no era compatible con él o con su existencia. A veces, salía de mi jardín esperando ver el coche verde amarillento de papá aparcado en el estacionamiento. Sentía mucho júbilo verlo parado frente al coche, delgado, con el cabello largo, una camisa a rayas con dos botones sueltos hasta el pecho, pantalones vaquero ajustados y botas de punta marrones. Mis ojos sólo existían para él, mi papito, mi héroe.
Como dije arriba, en sus ojos, siempre había oculta una suerte de melancolía, como si hubiera fallado una misión, como si estuviera pagando las consecuencias de una apuesta mal hecha, de un procedimiento fallido, una acción negligente. Papá era un hombre cuya adultez quizás lo había sorprendido, como el examen sorpresa que a veces tenemos en la escuela. En ocasiones, los manotazos de ahogado le resultaban y salía casi vivo-casi muerto de los embates de una vida que no le daba tregua. Otras veces, parecía no tener claro cuál era su norte, parecía vivir como un nómade, esperando no encontrarse con un dientes de sable apetitoso de su mala suerte, porque si algo tenía de hecho mi padre, era mala suerte.
Sin embargo, algo sí era seguro, él me amaba como a nada en la vida. Y yo lo amaba mil veces más. Nuestro afecto, el uno por el otro, era infinito de ida y vuelta, de todos los colores del arcoíris y de todos los sabores existentes.
Un día, mientras jugaba en el jardín de mi abuela, vi a papá llorando, vi que empacaba una maleta de cuero cuarteado y casi vencido por el paso de los años y sus estragos. Mi inocencia no me permitió preguntarle qué sucedía, y, aunque sabía que algo no estaba bien en él, nunca imaginé que ese día frío de junio, a principios de la década de los 90, sería el inicio de una serie de horribles y traumáticos sentimientos hacia un nombre, hasta ese momento, desconocido para mí, un sitio que iba a llevarse a mi papito para siempre: “Lima”. Y digo para siempre, porque después de ese día no sólo él me dejó, yo también lo hice, nunca volvimos a ser más el padre y el hijo amoroso que siempre fuimos hasta ese momento, él nunca volvió y yo, tampoco.
Recuerdo nebulosamente estar al costado de un bus mientras mi padre ondeaba su mano despidiéndose de mí. Yo no entendía nada, era un niño de menos de 5 años, sólo sabía que Lima, se había llevado a mi papito, lo había abducido, lo había secuestrado sin razón. Mis lágrimas caían y gritaban sin cesar que me devuelvan a mi héroe. Él, se perdió entre las luces y el tráfico en una tarde-noche que nunca olvidaré, y yo… pues también me perdí, nunca más nos encontramos, nunca más supimos amar con tanto fervor hacia alguien. Ambos partimos en un viaje sin retorno...
ALEXA, LA NIÑA MALA
Conocí a Alexa allá por el 2010, era ella una mujer de estatura pequeña, mirada penetrante, un rostro angelical, -de aquellos que te dan la bienvenida al paraíso-, poseía diminutas pecas que danzaban un son perfecto en su rostro y hermosas orejas que se escondían tímidamente entre su melena ensortijada.
La primera vez que la vi yo tenía novia y aunque estaba enamorado de mi pareja, su presencia me cautivó desde el instante uno. Ella también tenía pareja en ese entonces así que me obligué a dejar de obnubilarme con su existencia, juro que fue así, peleé aguerridamente durante bastante tiempo para que ningún sentimiento se involucrara entre nosotros. Me coaccioné febrilmente para ignorarla, pero, obedeciendo a mi condición mortal, fallé. Nunca supe cuándo, nunca supe cómo. Alguna vez me lo cuestioné y después de cierto acalorado debate con mi fuero interno, llegué a la cuasi-conclusión de que ninguno de mis esfuerzos fueron válidos desde el principio puesto que “lo que sucede con los deseos del corazón es que tu corazón ni siquiera sabe lo que desea hasta que lo tiene delante...” y Alexa era lo que mi corazón demandó desde el momento en que la vi ingresar por la puerta la primera vez, sonriente y cautivante a sabiendas de que el mundo era un lugar mejor porque ella estaba en él.
Después de férreos meses de lucha por tratar de desestimar su presencia, el destino cruzó nuestros caminos, y es que estaba escrito, ella debía entrar en mi vida y hacerla inconmensurablemente feliz, para luego… destrozarme.
Al poco tiempo de que empezamos a hablar ella terminó su relación y yo también, el único matiz diferente es que ella lo hizo por razones que nunca supe y yo… pues yo lo hice por ella. No podía seguir engañándome, ella me encantaba, me había lanzado un hechizo inmanejable, yo la amaba en secreto y en secreto también le pertenecía.
Alexa y yo cultivamos muy rápidamente una amistad llevadera y es que ella para mí era la pieza del rompecabeza que encajaba conmigo, ella era la perfección hecha mujer.
Pasado el tiempo, tuvimos que viajar a Lima, para ese entonces, ya guardaba recelo hacia esa ciudad, pero no me importó, la seguí como los guerreros de Homero siguieron a las sirenas, nunca tuve un mástil al cual atarme, y es que sentía que no lo necesitaba, mi mente, mis pensamientos y sobre todo mi vida giraban alrededor de Alexa, ella era mi sol y por un tiempo pensé que yo era su Tierra, tarde me enteré que más bien era Urano en su constelación.
Pasé una noche increíble con ella, inolvidable, de aquellas noches que son como tatuajes del alma, perdurables, mágicos. Y no hablo de sexo ni intimidad, no, yo la amaba de verdad, la quise en nuestros días en niveles insanos, hirientes, peligrosos, sólo que no lo sabía en ese entonces. Disfruté cada minuto con ella aquella noche, besé sus tiernos labios que me elevaban a la estratósfera y me hacían pasar por las sensaciones extracorporales más bellas e inexplicables. Dormir a su lado, sentir su suave respiración en mí rostro, abrazar su cuerpo y alma… la amé, o eso creía entonces.
Después de eso, no pude resistir más el callar mis sentimientos, ella debía escucharme, debía saber que la amaba como a nada hasta ese momento, debía enterarse de que la quería y que la quería querer bien, que la quería querer bonito, como nunca nadie lo había hecho antes. Armé un plan para notificarle mis sentimientos y cuando llegó el momento de decírselo… ella dijo diplomáticamente que no, que apreciaba más nuestra amistad. Mi mundo se deshizo como un bloque de sal en el agua. Mi pecho latía confundido, herido, sangrante.
Nunca supe si Alexa prefirió mantenerme como su amigo o prefería mantener su libertad, y es que seamos honestos, ella era bella e inteligente, tenía el mundo a sus pies y una relación la hubiera anclado de alguna manera. Tal vez mi principal duda fue y será por siempre el saber si en algún momento de su vida, si tan solo por un instante, una breve e insulsa milésima de segundo, ella sintió algo más por mi que una simple amistad, nunca lo sabré y quizás eso sea lo mejor.
Por otro lado, Lima lo había hecho otra vez, me había hecho infeliz una maldita vez más. Me recuerdo sentado en mi asiento, llorando disimuladamente mientras esa ciudad llena de maleficios se alejaba cada vez más de mí.
Todo esto es sólo lo que a grandes rasgos sucedió, quizás alguna vez escriba sobre ella más en detalle, sólo a manera de terapia, no lo sé, algún día lo descubriré. Alexa fue y será siempre la más linda y párvula obsesión que jamás tuve y eso, queda en el alma y en el cuerpo indeleble, incurable, inconmensurable.
LA DAGA DE LIZ.
Dicen que uno se enamora verdaderamente sólo una vez, el resto de nuestras vidas, aprendemos a vivir sin esa persona… Y seguimos adelante.
Eso fue Liz para mí.
Aunque ya he escrito largo y extendido acerca de ella en el pasado, hoy sólo quiero rememorar aquella vez que me hizo viajar a la capital del país para cortarme, equisdé. Ahora me causa cierta gracia, pero esos fueron días tan grises como aquella nefasta ciudad.
No volví a publicar más sobre ella, hasta ahora, nunca más supe qué fue de ella, nunca supe si lo que me hizo en aquella borrascosa ciudad valió la pena, espero que sí. Supongo que en aquel entonces sólo era una niña tonta que jugaba a ser la incomprendida del barrio.
Escribí mucho acerca de ella, en algún momento de mi vida, casi se convirtió en el guion de una obra del teatro al cual alguna vez fuimos. Qué giros que da la vida.
VERANO TRAIDOR.
Corría el año 2014, era un muchacho ansioso de nuevas aventuras, había salido hacía no mucho tiempo atrás de una desastrosa relación que amputó varias sensaciones y la verdad, quería largarme del país, nuevamente, esta vez, más lejos.
Es así que decidí enfrentar mis miedos y contradicciones y vivir en aquella ciudad que me lo quitó todo en el pasado. Tuve temor y desconfianza al principio, lo reconozco. Me recuerdo saliendo a caminar en mi ciudad natal sólo para pensar, pensar y sobre pensar la idea de ir a aquella ciudad minada con el desprecio y la indiferencia para aquellos que no tienen sus intereses claros -yo, por ejemplo, en aquellos días-
Al principio fue un viaje de algunos días, para tantar el terreno, observar introspectivamente con calma y sigilo, como un cazador que tiene en la mira a su presa y se alista para tirar del gatillo.
Poco tiempo después, di el salto, tomé mis cosas y me marché de casa, yo y mis esperanzas, yo y mis sueños y desilusiones. Los primeros días viví gracias al auspicio de mi madre quien en aquel entonces financiaba una vida tácita, sin saber si yo regresaba a dormir todas las noches, si comía o si me ahogaba en alcohol como solía hacer entonces en mi tierra de origen.
No lo voy a negar, tuve momentos difíciles, situaciones peligrosas y actitudes cuestionables mientras las noches limeñas se apoderaban de mi descontrol, mi ira, caos y despecho.
Me recuerdo comiendo en ropa interior un poco de pizza de hacía dos días mientras pensaba en qué carajos estaba haciendo con mi vida.
Pasaron los días, conocí gente y tuve agradables experiencias. En aquel entonces pensé que estaba viviendo una clase de tregua, un cese al fuego temporal entre aquella ciudad y mi persona. Lima estaba mostrándome otra faceta, una menos agresiva, diría hasta amigable.
El tiempo pasó y decidí por fin dar el siguiente paso, irme del país, fue lindo, viví un tiempo en Europa, me enamoré, conocí personas extraordinarias, viví y presencié experiencias únicas, pero aquella ciudad maldita y azarosa siempre quedó en mi mente, quizás ya no como la recordaba, quizás con menos rencor entre ambas partes, quizás, hasta con un poco de cariño, tibio y diáfano.
Hoy, creo que puedo decir que he firmado un acuerdo de paz con mis sentimientos hacia esa parte del país. Es el acuerdo que uno establece después de una guerra sanguinaria, pendenciera, voraz. Mantengo la alerta y la distancia respetuosa que se tiene con un ex-enemigo pero sin el temor del acecho de un predador que está rapaz, esperando un descuido...
7 de diciembre de 2025, 03:16 am.

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