Te invito a mi pollada "baliable"

Nadie que se ufane de conocerme no sabría que tengo hábitos algo diferentes al resto de las personas, ahora bien, no diría “hábitos raros” pues me estaría(n) asignando una connotación errónea. Nadie que se jacte de conocerme bien (aún dudo de la existencia de esa persona) podría afirmar con sabiduría freudiana que soy un tipo común y corriente, pues para empezar, el común de las personas no se despierta pasadas las 12 horas ni mucho menos almuerza donas con gaseosa.


Hoy domingo desperté como de costumbre, empecé mi día trasladando mi humanidad desde la cama en el tercer piso hacia el sillón de la sala en el primero, pregunté qué había para comer y mi madre peroró: “Nada, hoy comerémos parrilada, pero alguien tiene que ir a recogerla”.

Entonces un instinto casi felino me levantó de golpe y me hizo escabullir entre los sillones con dirección a mi habitación. Fue entonces cuando escuché:


- Adivina quién irá a recogerlas.
- No tengo la menor idea, pero cuando las traigan me avisan, estaré en mi habitación.
- Tú.


Mi mente sólo pudo pensar What the fuck? y renegando fui a quitarme el pijama para ir a recoger las parrilladas Dios sabe a qué antro de mala muerte.

Salí de mi casa en dirección a la famosa parrillada pero me quedé un rato leyendo el infaltable Perú 21 de todos los días en la esquina hasta que una mano se posó sobre mi hombro y oí decir: “Hola hijito, apúrate que la cola está haciéndose cada vez más larga”. Era una de mis tías cuya sabia advertencia producto del pasar de los años, me decía que si seguía en plan H en la esquina de los periódicos saldría de la famosa parrillada al anochecer.

Entonces enrumbé de inmediato hacia ese lugar que, sin saberlo, sería una fuente inexplicable de inspiración, pues no todos los días veo gente ahogándose en su miseria y al siguiente instante cantando alegremente esa cumbia de moda o a esas personas que idiotizadas por el alcohol empiezan a buscar pleitos hasta a la mosca que pasa volando.

Ya formado en la cola vi espectáculos bochornosos, contabilicé los vasos y las botellas que unas tras otras iban rompiéndose, observé a todas las personas que estaban ofreciendo espectáculos por más penosos, etc. Entonces recordé porque no me agradan las fiestas – reuniones populares. Todas aquellas personas reunidas esa tarde de domingo poseían vínculos que los obligaban a aceptar al borracho tristón, alegre, bailarín, irrespetuoso, etc. En cuanto a mí respecta, siempre odiaré esos lugares. No recuerdo cuando los empecé a odiar, creo que nací odiando toda aquella reunión que resalte o denote nuestras creencias populares y nuestro folklore de manera infausta y obscena, llámese así: fiestas patronales, cruces, polladas, parrilladas, etc.

Cuando empezaba a impacientarme, volteé a ver quién subseguía y mi instinto lambrosiano dictaminó: “Éste es delincuente”, pues se podía observar que por su rostro maltratado por el alcohol y otras sustancias tóxicas habían pasado varios puñetes, patadas y una que otra punta filuda de navaja. Entonces, guardé mi teléfono celular y empecé a desear que la cola se acabara pues entre tanto humo, música chicha y rateros mis ánimos ya se habían caldeado.

Recuerdo que de niño alguna vez traté de encajar en estas celebraciones – reuniones pero no pude, siempre me preguntaba por qué mi hermano mayor la pasaba tan bien entre tanta huachafería, entre tanta escena vergonzosa para mí, pero al parecer, normal hasta un sentido totalmente aceptable para otras personas.

Siempre creí que al pasar los años encajaría perfectamente en estos acontecimientos populares, que sería uno más, que sentiría el júbilo y la alegría de estar penosamente ebrio; nunca pude y concluyo que nunca podré pues esos acontecimientos no son lugares en donde me sienta cómodo. Las pocas veces que he tenido que asistir por diversas razones ajenas a mi deseo, mi mente sólo ha podido pensar en un mismo dicterio: “Herr Hitler, wo bist du wenn wir sie brauchen?”, y esperar con ansias el momento de la huida.

Después de recoger las ya muy esperadas parrilladas, regresé a mi casa a repartir a toda mi familia que reprochándome la demora me arranchaban los tapers y empezaban a comer como leones de circo. Ya saboreando mi porción pensé: “Al menos tengo esto que al final de cuentas, es como el premio de aguantar tanta escena teratológica, tanta obscenidad hecha costumbre, tanta tradición e historia venida a menos”

Al terminar de comer (devorar) mi parrillada, regreso a mi lecho, pues es domingo, y nadie me arruina mis sacros domingos. Regreso recordando esos pasadizos estrechos, esas paredes endebles, esas mesas llenas de cerveza, esos vasos rebosantes de colillas de cigarro y a esas gentes que sin saberlo, me han inspirado a escribir algunas líneas, que sin siquiera advertirlo es al final, mi tributo a estos festejos populares nada encomiables que algún día deseé pertenecer pero que pasados los años y pensándolo mejor, no way sir. Al final del día creo que si bien no he aceptado estas populachadas hechas festejo, las he entendido un poco más, y he pensado que tal vez sea mejor observar esto de lejos con una sonrisa efúgica para no dar una impresión pedante, para pertenecer de manera tan sólo holográfica a esto que es para mí como el cielo en la tierra visto con binoculares de gran alcance.

Comentarios

  1. Son las cosas que sin querer uno las tiene que pasar, por el deber que le encomendaron, que reproche!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares