Ayer hice la acción ecuménica del siglo
Las personas de mi entorno saben muy bien que no ejerzo mi religiosidad con devoción y fe, saben que soy un mal católico, pues me autodenomino católico, no sé si por costumbre o porque poseo hábitos próximos a la religión católica, una de las religiones con mayor número de fieles en el mundo. Nunca fui un buen católico, recuerdo que de niño me obligaban a ir a misa de 6 todos los días del señor, cosa que me aburría a morir y en vez de acercarme más a la palabra de Dios, con el temor de arder eternamente, me alejaba más y más.
En el colegio llevaba una asignatura que se llamaba “Religión” y aunque el nombre no de muchos detalles del contenido en sí, no se podía dudar en un país eminentemente católico como el Perú lo es, que se tratase de otra religión que no fuera la Católica. Paradójicamente siempre fui bueno en ese curso, sacaba excelentes notas, tanto que mi madre creía que tenía el llamado religioso impregnado en el alma. Aún recuerdo el día en que recibí la primera comunión pues en esa oportunidad me puse mal sin motivo aparente, empecé a vomitar y a sufrir de altas fiebres. Recuerdo también que cuando ingresé a la Iglesia sufrí de desvanecimientos, además podría jurar que sentí la mano del párroco demasiado muy caliente cuando éste me hizo la señal de la cruz en la frente, fue algo anecdótico sin dudas.
Tengo la seguridad de que una sola vez en mi vida hablé con Dios, una de esas ocasiones en las que uno se siente perdido en algún terrible problema sin aparente salida. Esa vez juraría, con la certeza de que no tenía alguna sustancia alucinógena corriéndome por el cuerpo, que conversé con Dios, él me respondió, alivió mis penas y como si fuese poco halló esa salida que por mi cuenta hubiera tardado siglos en descubrir. Esa experiencia me hizo jurar que nunca me cambiaría de religión, siempre seré católico, uno malo por supuesto, pero al fin y al cabo, católico.
En la vida uno va creciendo mentalmente, físicamente y espiritualmente, yo crecí en las dos primeras pero creo que en la tercera me quedé muy incipiente, el equivalente a un habitante de Liliput con respecto a uno de Brobdingnag.
Por otro lado, siempre fui un expectante semi-ausente de las otras religiones, pues si le ponía muy poco interés a mi religión, poco o nada me importaban otros cultos. Y no es que diga que me importan un carajo las otras religiones, es simplemente que conozco lo básico acerca de ellas como parte de mi cultura general más que por otra cosa.
En la Universidad si bien es cierto uno ya no lleva estos cursos de religión (a menos que tu carrera esté íntimamente ligada a la religión o algún culto), conoces a gente que son de otras religiones, cultos, adoraciones, etc. Prueba de esto es mi buena amiga Sofía, a quien deben conocer de mi anterior ensayo titulado “A Sofía”. Ella es muy devota a su fe, cosa que yo admiro y respeto muchísimo. A ella nunca le conté cosas medias extrañas acerca de mi, como por ejemplo que he nacido el 06 del 06 del 86 a las 16 con 06 minutos o la anécdota de mi primera comunión porque creo que se asustaría, empero sabe que soy un tanto “especial” por decirlo eufémicamente con respecto a la religión.
Es así que hace unos días Sofía vio en mi a una oveja descarriada y perdida y me invitó a su iglesia a una sesión de adoración (el equivalente a una misa católica), pero yo le dije con nihilista resolución que no, que tal vez en otra oportunidad. Pero los días pasaron y un buen día decidí acceder a esa invitación pues me entró la curiosidad y quise saber qué se hacía en esas sesiones de adoración.
Ocurrió un domingo, quedamos en encontrarnos en la esquina de una avenida muy transitada a la cual llegué muy puntual (muy inusual también) y vi que Sofía aún no había llegado. Los minutos pasaron y ella no llegaba, es así que empecé a impacientarme pues la esquina donde me encontraba era una de aquellas donde te pueden matar para robarte un par de monedas. Si no me fui sin avisar lo hice porque le tengo un cariño especial a Sofía pues de otro modo, me hubiera largado y no le hubiera hablado en semanas. Educadamente la llamé y le pregunté:
- Sofi, ¿dónde estás? (*¿!Dónde carajos estas!?*)
- Discúlpame, me he retrasado un poco, pero ya llego. (*Espera nomás pelotudo*)
- Okay Sofi, te espero (*Quién me manda, ¡quién me manda!*)
Al cabo de 20 a 25 minutos Sofía llegó y nos encontramos. Me llevó por otra avenida en la cual no te matan por un par de monedas sino por media moneda, yo disimulé mi temor al caminar por esas calles llenas de maleantes mirando a Sofía y a su impertérrito andar, confiada en que si un avezado delincuente venía a asaltarnos, su Dios bajaría del cielo cual Gurkha con una espada samurái a salvarnos, o al menos eso creo.
Al llegar a su iglesia nos recibió un rechoncho señor medio cojo que hacía las veces de host y de huachimán de carros por un par de monedas pues ese sitio no era de confiar y te podían dejar hasta sin tubo de escape si dejabas tu carro 10 minutos afuera sin nadie que lo cuidase.
Como era de esperar llegamos a la iglesia tarde, en medio de una canción cuya letra estaba conformada por alaridos espantosos, gemidos desesperados y gritos descontrolados. El ritmo de aquella canción se aproximaba a lo que llamamos rock. Sin duda fue una muy mala primera impresión la que tuve de ese sitio. Pasados los cánticos empezaron los sermones, es ahí que me di cuenta que los sermones católicos eran menos aburridos que los de esa iglesia, no por el contenido sino por la duración pues aquellos sermones eran eternos y lo peor de todo es que los daban con nosotros los sufridos fieles, de pie. Era en ese sentido, una oración con penitencia incluida.
Al pasar esa remembranza cuyo contenido no escuché ni el titulo pude observar algunas cosas interesantes. El lenguaje usado por aquella comunidad tenía ciertas variantes del castellano tradicional, me refiero a variantes como: Amén en vez de Sí, Aleluya en vez de Entendido o comprendido, Oh Sana en vez de Viva, etc.
Pero nada fue tan raro como un hecho que me parecería por más exagerado y tonto pues en los cánticos la gente se echaba a llorar sin razón aparente, daban chillidos agónicos que me estremecían y estremecían también a los niños pequeños que sin saber que pasaba, también se echaban a llorar su mala suerte y la mía de paso.
Al terminar ese cántico digno de ser subido al Youtube como el largest scream on Youtube, las personas regresaron del trance en el cual se encontraban y prosiguieron con las remembranzas religiosas. Allí presencié otra anécdota digna de ser contada: todos, es decir, absolutamente todos los fieles allí reunidos sacaron como por arte de magia (de aquella magia en la cual no deben creer supongo) una biblia. Era increíble como la gente entraba aparentemente sin cosas a esa iglesia y minutos después una biblia aparecía en sus manos.
Todos, incluyendo a mi amiga Sofía, con la cual había venido caminando un largo trecho y a la cual no había visto ningún objeto en su poder, menos una biblia, empezaron a leer ese documento sagrado. Allí me percaté que las personas alrededor me miraban seguramente preguntándose en dónde estaba mi biblia, la cual por supuesto no tenía. Así es como dieron lectura a algunos versículos y para variar, otra media hora parado gritando agonizante: ¡Aleluya hermanos!.
Después el encargado de dirigir aquella celebración dijo como quien no quiere la cosa, hermanos, se les va a pasar los sobrecitos para el diezmo y es allí donde las caras cambiaron a más sosegadas como presintiendo algo. En efecto, esa era la señal para la hégira, pues las personas colocaban su diezmo y ya no importaba más lo que el tipo del micro decía, todos empezaban a vaciar ese local.
Al salir, mi querida amiga Sofía, sin mácula en el alma, por eso te quiero Sofi, me dijo creo que no te ha gustado mucho, pero podemos ir a otro culto más bonito y animado, invitación a la cual respondí con, ha estado interesante Sofi, me odio por mentirle, con respecto al otro culto, te aviso en el transcurso de la semana ¿okay? ella me despide y yo subo apurado al taxi temeroso de algún maleante pues ningún shinobi japonés bajará de los cielos a salvarme.
Al llegar a casa se lo conté todo a mi madre y ella entre risas me entiende, pues es igual a mí, por eso te quiero más que a nada mami.
Esto fue una experiencia que me hará pensarlo dos veces antes de aceptar otra reunión ecuménica, y no quiero que este ensayo se entienda como una mofa a las otras religiones o a mi religión, pues yo las respeto mucho y con el paso del tiempo he aprendido a querer a mi religión, soy católico, y nunca lo voy a negar.
On the other hand quiero con especial afecto dar las gracias a mi buena amiga Sofía por tratar de exorcizarme y hacerme volver a las sendas de la religiosidad, cosa que si bien no logró, el gesto dijo mucho de su personalidad amigable, siempre tratando de ayudar a las personas, Te quiero mucho Sofi.
No olvidaré esa iglesia, esos cánticos extraños, tantas biblias juntas, la aguarda bípeda y por supuesto, la gavilla de maleantes que esperaban afuera en busca de algún incauto peatón que a diferencia de mí, no escapase de ellos y de mi fe como lo he venido haciendo últimamente y como seguramente lo seguiré haciendo entretanto encuentre una nueva motivación religiosa, Aleluya hermanos.
En el colegio llevaba una asignatura que se llamaba “Religión” y aunque el nombre no de muchos detalles del contenido en sí, no se podía dudar en un país eminentemente católico como el Perú lo es, que se tratase de otra religión que no fuera la Católica. Paradójicamente siempre fui bueno en ese curso, sacaba excelentes notas, tanto que mi madre creía que tenía el llamado religioso impregnado en el alma. Aún recuerdo el día en que recibí la primera comunión pues en esa oportunidad me puse mal sin motivo aparente, empecé a vomitar y a sufrir de altas fiebres. Recuerdo también que cuando ingresé a la Iglesia sufrí de desvanecimientos, además podría jurar que sentí la mano del párroco demasiado muy caliente cuando éste me hizo la señal de la cruz en la frente, fue algo anecdótico sin dudas.
Tengo la seguridad de que una sola vez en mi vida hablé con Dios, una de esas ocasiones en las que uno se siente perdido en algún terrible problema sin aparente salida. Esa vez juraría, con la certeza de que no tenía alguna sustancia alucinógena corriéndome por el cuerpo, que conversé con Dios, él me respondió, alivió mis penas y como si fuese poco halló esa salida que por mi cuenta hubiera tardado siglos en descubrir. Esa experiencia me hizo jurar que nunca me cambiaría de religión, siempre seré católico, uno malo por supuesto, pero al fin y al cabo, católico.
En la vida uno va creciendo mentalmente, físicamente y espiritualmente, yo crecí en las dos primeras pero creo que en la tercera me quedé muy incipiente, el equivalente a un habitante de Liliput con respecto a uno de Brobdingnag.
Por otro lado, siempre fui un expectante semi-ausente de las otras religiones, pues si le ponía muy poco interés a mi religión, poco o nada me importaban otros cultos. Y no es que diga que me importan un carajo las otras religiones, es simplemente que conozco lo básico acerca de ellas como parte de mi cultura general más que por otra cosa.
En la Universidad si bien es cierto uno ya no lleva estos cursos de religión (a menos que tu carrera esté íntimamente ligada a la religión o algún culto), conoces a gente que son de otras religiones, cultos, adoraciones, etc. Prueba de esto es mi buena amiga Sofía, a quien deben conocer de mi anterior ensayo titulado “A Sofía”. Ella es muy devota a su fe, cosa que yo admiro y respeto muchísimo. A ella nunca le conté cosas medias extrañas acerca de mi, como por ejemplo que he nacido el 06 del 06 del 86 a las 16 con 06 minutos o la anécdota de mi primera comunión porque creo que se asustaría, empero sabe que soy un tanto “especial” por decirlo eufémicamente con respecto a la religión.
Es así que hace unos días Sofía vio en mi a una oveja descarriada y perdida y me invitó a su iglesia a una sesión de adoración (el equivalente a una misa católica), pero yo le dije con nihilista resolución que no, que tal vez en otra oportunidad. Pero los días pasaron y un buen día decidí acceder a esa invitación pues me entró la curiosidad y quise saber qué se hacía en esas sesiones de adoración.
Ocurrió un domingo, quedamos en encontrarnos en la esquina de una avenida muy transitada a la cual llegué muy puntual (muy inusual también) y vi que Sofía aún no había llegado. Los minutos pasaron y ella no llegaba, es así que empecé a impacientarme pues la esquina donde me encontraba era una de aquellas donde te pueden matar para robarte un par de monedas. Si no me fui sin avisar lo hice porque le tengo un cariño especial a Sofía pues de otro modo, me hubiera largado y no le hubiera hablado en semanas. Educadamente la llamé y le pregunté:
- Sofi, ¿dónde estás? (*¿!Dónde carajos estas!?*)
- Discúlpame, me he retrasado un poco, pero ya llego. (*Espera nomás pelotudo*)
- Okay Sofi, te espero (*Quién me manda, ¡quién me manda!*)
Al cabo de 20 a 25 minutos Sofía llegó y nos encontramos. Me llevó por otra avenida en la cual no te matan por un par de monedas sino por media moneda, yo disimulé mi temor al caminar por esas calles llenas de maleantes mirando a Sofía y a su impertérrito andar, confiada en que si un avezado delincuente venía a asaltarnos, su Dios bajaría del cielo cual Gurkha con una espada samurái a salvarnos, o al menos eso creo.
Al llegar a su iglesia nos recibió un rechoncho señor medio cojo que hacía las veces de host y de huachimán de carros por un par de monedas pues ese sitio no era de confiar y te podían dejar hasta sin tubo de escape si dejabas tu carro 10 minutos afuera sin nadie que lo cuidase.
Como era de esperar llegamos a la iglesia tarde, en medio de una canción cuya letra estaba conformada por alaridos espantosos, gemidos desesperados y gritos descontrolados. El ritmo de aquella canción se aproximaba a lo que llamamos rock. Sin duda fue una muy mala primera impresión la que tuve de ese sitio. Pasados los cánticos empezaron los sermones, es ahí que me di cuenta que los sermones católicos eran menos aburridos que los de esa iglesia, no por el contenido sino por la duración pues aquellos sermones eran eternos y lo peor de todo es que los daban con nosotros los sufridos fieles, de pie. Era en ese sentido, una oración con penitencia incluida.
Al pasar esa remembranza cuyo contenido no escuché ni el titulo pude observar algunas cosas interesantes. El lenguaje usado por aquella comunidad tenía ciertas variantes del castellano tradicional, me refiero a variantes como: Amén en vez de Sí, Aleluya en vez de Entendido o comprendido, Oh Sana en vez de Viva, etc.
Pero nada fue tan raro como un hecho que me parecería por más exagerado y tonto pues en los cánticos la gente se echaba a llorar sin razón aparente, daban chillidos agónicos que me estremecían y estremecían también a los niños pequeños que sin saber que pasaba, también se echaban a llorar su mala suerte y la mía de paso.
Al terminar ese cántico digno de ser subido al Youtube como el largest scream on Youtube, las personas regresaron del trance en el cual se encontraban y prosiguieron con las remembranzas religiosas. Allí presencié otra anécdota digna de ser contada: todos, es decir, absolutamente todos los fieles allí reunidos sacaron como por arte de magia (de aquella magia en la cual no deben creer supongo) una biblia. Era increíble como la gente entraba aparentemente sin cosas a esa iglesia y minutos después una biblia aparecía en sus manos.
Todos, incluyendo a mi amiga Sofía, con la cual había venido caminando un largo trecho y a la cual no había visto ningún objeto en su poder, menos una biblia, empezaron a leer ese documento sagrado. Allí me percaté que las personas alrededor me miraban seguramente preguntándose en dónde estaba mi biblia, la cual por supuesto no tenía. Así es como dieron lectura a algunos versículos y para variar, otra media hora parado gritando agonizante: ¡Aleluya hermanos!.
Después el encargado de dirigir aquella celebración dijo como quien no quiere la cosa, hermanos, se les va a pasar los sobrecitos para el diezmo y es allí donde las caras cambiaron a más sosegadas como presintiendo algo. En efecto, esa era la señal para la hégira, pues las personas colocaban su diezmo y ya no importaba más lo que el tipo del micro decía, todos empezaban a vaciar ese local.
Al salir, mi querida amiga Sofía, sin mácula en el alma, por eso te quiero Sofi, me dijo creo que no te ha gustado mucho, pero podemos ir a otro culto más bonito y animado, invitación a la cual respondí con, ha estado interesante Sofi, me odio por mentirle, con respecto al otro culto, te aviso en el transcurso de la semana ¿okay? ella me despide y yo subo apurado al taxi temeroso de algún maleante pues ningún shinobi japonés bajará de los cielos a salvarme.
Al llegar a casa se lo conté todo a mi madre y ella entre risas me entiende, pues es igual a mí, por eso te quiero más que a nada mami.
Esto fue una experiencia que me hará pensarlo dos veces antes de aceptar otra reunión ecuménica, y no quiero que este ensayo se entienda como una mofa a las otras religiones o a mi religión, pues yo las respeto mucho y con el paso del tiempo he aprendido a querer a mi religión, soy católico, y nunca lo voy a negar.
On the other hand quiero con especial afecto dar las gracias a mi buena amiga Sofía por tratar de exorcizarme y hacerme volver a las sendas de la religiosidad, cosa que si bien no logró, el gesto dijo mucho de su personalidad amigable, siempre tratando de ayudar a las personas, Te quiero mucho Sofi.
No olvidaré esa iglesia, esos cánticos extraños, tantas biblias juntas, la aguarda bípeda y por supuesto, la gavilla de maleantes que esperaban afuera en busca de algún incauto peatón que a diferencia de mí, no escapase de ellos y de mi fe como lo he venido haciendo últimamente y como seguramente lo seguiré haciendo entretanto encuentre una nueva motivación religiosa, Aleluya hermanos.

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