Mi micro problema con la economía (Parte I)

Alguna vez fui ágil y artero para los números. Recuerdo con alegría (y a veces con nostalgia) que era uno de los más avispados en números del colegio, tanto así que alguna vez lo representé en una olimpiada de Matemáticas, y es cierto señores, no se ría amigo, amiga lectora, yo fui la esperanza de mi colegio alguna vez en estos campeonatos nacionales “Cesar Vallejo”(no tengo idea de por qué designaron a estos concursos con el nombre del ilustre aedo en letras peruano Cesar Vallejo) en donde uno se codeaba con los niños y niñas más habilidosos en matemáticas de toda la ciudad.

En esa oportunidad mi colegio me envió junto con un profesor de Matemáticas a rendir dicha prueba a la cual todos creían que iba con horas y horas de entrenamiento pero que en realidad asistía sin la más mínima preparación, sólo con lo que buenamente mi mente podía recordar. Al llegar recuerdo que lo primero que pensé fue ahora qué carajos hago pues me encontraba rodeado de nerts de gafas gruesísimas, chicas nada agraciadas, niños rechonchos con calculadoras en mano repasando teoremas, etc.

En ese momento pensé que mi colegio entero estaría deseándome lo mejor e idealizando la posibilidad de pasar a una siguiente fase pero yo en cambio estaba idealizando la posibilidad de inventar una dolencia que me sacara de ese recinto repleto de noobs en medio del examen. En efecto, poco tiempo después de empezar la prueba de ese campeonato nacional eché mano de mis nada loables dotes histriónicos y un quejido, que más pareció el bramar de una bestia herida, estremeció ese salón. De inmediato, el docente que estaba allí con cara de a qué hora carajos terminarán esta bola de losers, se acercó a mí y me preguntó qué me sucedía, pregunta a la cual respondí con tengo un dolor fortísimo en el estómago y tengo ganas de vomitar, razón por la cual me dieron licencia para ir al baño y regresar, cosa que por supuesto nunca hice y que saliendo de la clase dije en voz bajita, me vas a tener que esperar hasta el fin del mundo huevas tristes, entretanto puedes ir armando un troncho con mi prueba que el tamal lo pongo yo, exclamación que sólo algunos alumnos cerca de la puerta de ese salón escucharon.

Salí de ese salón con dirección al quiosco que me aguardaba con exquisitos manjares en forma de comida chatarra, y al encontrarme con el profesor que habían designado para llevarme le dije ya acabé el examen, uff no sabe, estuvo papayita, razón por la cual ese señor me felicitó algo asombrado por mi “destreza” con los números y regresamos a mi colegio.
Nunca me hablaron más acerca de ese examen, supongo que el director de mi colegio, un tipo gruñón con aliento impresentable, se enteró poco tiempo después de que no escribí nada más que mi nombre e hice algunos dibujos en la hoja de examen, pero nunca me dijo nada, el tema no se volvió a tocar ni siquiera en la formación al iniciar el día.

Esa experiencia creo yo fue el inicio del fin, desde ese momento los números me interesaron menos que nunca, me parecían súper aburridos y hasta a veces insoportables. Entré a la Universidad con las justas en el puesto 16 de 23 personas ingresantes, cosa que me pareció por más honrosa para un tipo que no sabía qué carajos era una hipotenusa o quién diablos era Legendré.

En primer año de universidad tuve un curso llamado “Matemática básica e introductoria”, curso que me pareció una tortura desde cualquier ángulo visible y que aprobé con un honroso 13 pero que me costó varias decenas de soles pues contraté a una profesora para que desasnara mi mente antes del último examen.

Tiempo después llevé una asignatura denominada “Estadística”, curso que también me pareció un calvario pues tenía constantes pesadillas con el examen final y es que a esas alturas del partido ya estaba bien refundido en una miseria desaprobatoria. Al final, aprobé por la gracia y salvación de algún ente celestial o tal vez por la bienaventurada gracia de la profesora, una mujer carismática que no sabía de penas, o al menos uno podía advertir tal cosa al mirar su rostro.

Pero nada en toda mi vida fue tan horrible, espantoso, teratológico, pavoroso, etc. que un curso que llevé años después de ingresar a la universidad, una asignatura cuyo nombre te confundía y te intimidaba de principio a fin: “Microeconomía de Mercado”.

Aquel curso fue a mi parecer un campo de concentración nazi, una tortura indescriptible, un eterno suplicio. No lograba entender de qué carajos me iba a servir tal materia en la vida. Tal vez tanto como ahora me sirven los productos notables me servirá la microeconomía de mercado, de una indescriptible y muy honda nada.

Esa materia la dictaba un enfurruñado señor que no se permitía (y a nosotros tampoco), sonrisa alguna o gesto de agrado o desagrado de las cosas. Al entrar a nuestro salón parecía estar disconforme con la inicua tarea de compartir sus conocimientos con nosotros, simples advenedizos del saber matemático y claro, de mercado. Él sin dudas era un hombre de habla sabia y lacónica pero a la mirada de todos era algo ríspido y de prosa adusta, cosa que intimidaba y nos hacía esperar temerosos la hora en que acaben sus clases.

Era para mí, como el videoclip de Another brick in the wall las clases de microeconomía de mercado, se respiraba un aire tenso y de miedo. Alguna vez me vi vencido por un examen de “micro”, como nosotros abreviábamos a esa materia, y me puse a hablar por celular, en medio del examen, con el flaco Antúnez quien no me sorprendió que estuviera en la misma situación que yo. Fue la primera vez en mi nada fortuito paso por la universidad que obtuve un OO en alguna materia, sin embargo no recibí con tristeza y decepción esa noticia, sino más bien con un soberbio orgullo.

Como era de esperar, desaprobé aquel curso en el cuál no tenía una nada aceptable participación. Asistí días después al examen de recuperación semestral, el cuál empecé sin la más mínima idea de cómo terminar. Mi paso por esa materia fue, en términos usados en microeconomía de mercado, algo abrupto y en pendiente negativa (muy negativa o nula diría yo). Al final terminé perdiéndole el temor a ese señor que asistía a impartir cátedra a mi salón algo disgustado de estar en sus propios zapatos y mirarnos las caras a nosotros, peregrinos excluidos de la sapiencia matemática.

En cuanto a la Microeconomía de Mercado, dudo endiabladamente que algún día sirva de un carajo en mi vida profesional, la odio, la odié mucho antes de empezar a tratarla y la odiaré de por vida como recuerdo desabrido de esas tardes de universidad que tornaron (aún más) pálidas y plomizas mi desastrado paso por la universidad.

Si tuviera que volver a cursar esa asignatura, creo que enloquecería y me pegaría un tiro al fiel estilo de Jeremy Wade Delle, pues fue una experiencia por más estresante y pavorosa. ¡No Dios!, prefiero un encerrón con Charles Manson antes de volver a tocar esos números que me hacían sentir humillado y abyecto. Desde ese momento mi desprecio al estudio de la economía estuvo declarado, Economía, no puedes venir así nomás porque te pusieron en una currícula a fregarme la vida, no, ¡no lo permito!. Si bien es cierto prefiero quedarme con mis letras tan lindas y refinadas ‘cause is cooler than maths pues; las matemáticas algún día fueron mi fuerte, y fui ágil y artero, algo que, recuerdo con nostalgia a veces pero que prefiero que se quede ahí nomás, tan lejos como para extrañarlo, para verlo con ojitos extraños de desentendido pues así soy yo ahora, desentendido con las cosas que no me convienen, pero que algún día, amé.

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