Suffer peruvian suffer

Trabajar dignifica al hombre decía mi madre, trabajar te hará más maduro y e independiente decía mi hermano mayor, trabajar te ayudará a costear esa carrera tan cara que haz escogido decía mi abuelo, etc.

De tanto escuchar la palabra “trabajar” es que pensé, algo de cierto debe tener todo lo que me dicen, y es así que empecé a idealizar la posibilidad de pertenecer a nuestra tan congestionada PEA. Empecé armando un curriculum vitae, que no sé si porque el destino quería refocilarse o simplemente me hacía estrellar aparatosamente contra la dura realidad, salió de una hoja y media. Al terminar de escribir esas líneas nada estimulantes acerca de mi vida y sus muy reducidas características laborales mandé a imprimir sendas copias que luego materialicé en folders para repartir en aquellos establecimientos que según yo, me harían sentir la emoción de trabajar con pasión y encanto pero que pasados los días y no encontrando el “Edén Laboral” me harían cuestionar la existencia de tal lugar.
Seguro quieres encontrar trabajo de gerente general de una transnacional, decía mi hermano pues veía que pasaban los días y no encontraba el firdaws de mis sueños. Fue entonces que me senté a revisar ese par de hojas en las cuales había puesto la esperanza de que me dieran un puesto de trabajo. Mi revisión fue nada extensa, pues entre mis experiencias laborales sólo podía contar con haber trabajado alguna vez en una cabina de Internet, y entre mis habilidades sólo podía destacar el hecho de hablar el idioma que el Tío Sam me enseñó y mis conocimientos en informática. Cuando empezaba a cuestionar la posibilidad de conseguir un empleo mi madre vino y me dijo, he encontrado el trabajo idóneo para ti. Al preguntarle de qué se trataba me explicó que había encontrado un lugar en el cuál se necesitaba a alguien que tratase con turistas extranjeros (ella se refirió a ellos como “gringuitos”).
No fue muy difícil obtener este puesto, el trabajo en sí no tiene mayor complicación, uno tiene que hablar y hablar con turistas extranjeros, aclarar sus dudas, ayudarlos muchas veces. La paga es razonable, el trato que me dan es bueno, etc. Todo parecía color esperanza hasta hace algunos meses, pero mi mundo empezó a cambiar debido a un pequeño detalle, algo insignificante, una cosita que sería con el pasar del tiempo una tortura: el horario.
El horario de trabajo es nocturno. Esto no me trajo mayores problemas al principio pues soy un tipo que descansaba normalmente a las 2 am, el trajín sobrevino pues yo tenía una vida nocturna dividida entre salidas bohemias con mis amigos y noches de Facebook y MSN. Mi trabajo nocturno me ha despojado de todo eso y más, pues me quitó tiempo para leer, estudiar, descansar, entre otras actividades que realizaba.
El stress empezó a hacer estragos en mí, el cansancio me derrumba cada día más, el odio por este trabajo tan anhelado crece con vigor cada día. Entro pensando en el momento en que mi chofer venga a recogerme, en el momento de la huída.
Vivo pensando en el único día de la semana en que no asisto a ese lugar que pensé me haría feliz. Cuento los días de mi próximo viaje pues sólo viajando desaparece el stress que llevo como un mal mortal en la sangre.
Ahora no sólo tengo que lidiar con toda la carga que me deja la flora y fauna de la universidad sino que tengo que vivir pensando en que al terminar el día no iré a dormir o mirar una película en casa, sino que tendré que presentarme una noche más a mi infortunado centro laboral.
Espero poder desestresarme cuanto antes pues sino terminaré jalando el gatillo y así huir de toda esta desastrada manera de vivir que he adoptado con el tiempo y que alguna vez pensé me haría sentir el encanto y la pasión de trabajar.

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