Honor, Disciplina y Estudio

Si tuviera que dividir mi vida en hechos que definitivamente la marcaron, sería en una suerte de cuatro partes:

1. Mi abrupta infancia
2. La secundaria y mi terrible paso por ella.
3. Diana
4. La Universidad y mi cuasi independencia

En primer lugar, mi época como infante no fue de ensueño, pues crecí sólo con mi madre y todo lo que soy ahora (arto, poco o nada) se lo debo a ella, siempre fue y será mi guía principal, mi apoyo, mi mayor amor en esta vida, en resumen, mi todo. No tuve una figura paterna pues mi padre nos dejó cuando era muy infante. Siempre digo a mis familiares, y ellos ya se lo saben de memoria, que lo único que mi padre me enseñó, y que me sirve hasta ahora, es a atarme las agujetas de los zapatos. Le agradezco eso, es uno de los pocos y bonitos recuerdos que tengo de él. Si bien es cierto, cuando era adolescente lo llegué a odiar expresamente por la inconmensurable falta que significó para mí; hoy estamos en paz, lo respeto y le deseo lo mejor de este mundo. Creo que ese hecho fue el que me marcó de vida pero ahora soy un muchacho que sabe valorar el peso de las acciones, ponderar los daños que puede causar una determinación, en definitiva, pensar mejor y es por eso que creo que he salido adelante exitosamente con respeto a esa traumatizante experiencia infantil.

Por otro lado, Diana. Fue una de mis maestras de secundaria, ella enseñaba la materia de Ciencias Biológicas y Ambientales. Fui un buen estudiante en ese curso, pero no lo fui necesariamente porque me gustara esa materia, pues ciertamente me aburría, sino que lo fui por ella. Diana significó para mí más que una simple maestra de biología, me enamoré perdidamente de ella, ella por su parte, se enamoró parcialmente de mí. Vivimos experiencias únicas que se quedarán en mí hasta la muerte, hasta esa muerte que será antecedida, como lo planeé a los 16 años, con las siguientes palabras…

“Diana, he hecho muchas cosas malas en mi vida, pero si algún ente con más vida que yo en este momento, pudiera afirmar con certeza omnisciente que todo no ha sido tan malo, eso sin duda, sería el hecho de haberte amado como a ninguna otra mujer sobre esta faz de la cual estoy despidiéndome. Fuiste y serás mi mayor ilusión…”

Diana y yo en algún momento, breve por cierto, tuvimos una relación que superaba las barreras de las buenas costumbres y la moral y que se extendía más allá de las paredes del colegio. Siempre afirmé con valentía -esa valentía que ella forjó en mí- que mi vida se puede conceptualizar en “Antes de Diana” y un “Después de Diana”. En realidad os puedo afirmar que no existen palabras o versos en el castellano tradicional para describir lo que Diana era y lo que significaba para mí. Fue y será el referente con el cual muchos sueñan empezar su vida. Pero bueno, ella, es otra historia.

Un saludo a la distancia, Diana y sobre todo gracias por todo lo que me enseñaste, más que todo, fuera de las clases, fueron lecciones de vida que nunca olvidaré .

La Universidad, hoy en día, significa para mí, una tediosa labor que realizo después de algunos años, por inercia y muchas veces de paporreta. Me ha traído muchas satisfacciones y creo que a mi madre también. Continúo pues aún queda ese espíritu de persistencia en mí, ese espíritu que estaba al tope cuando ingresé pero que ahora se ha reducido considerablemente. Mi vida social creció considerablemente cuando ingresé a la Universidad, me enamoré, hice amigos, me volví a enamorar, hice más amigos y perdí a otros, me enamoré de nuevo y me rompieron el corazón, perdí más amigos y así progresivamente (quitándole considerablemente el valor semántico a la palabra progresivamente).

Pero sin duda alguna, la peor época de relaciones sociales las tuve en la secundaria. Nada se compara al martirio que me significaba ir al colegio, no me gustaba y muy pocas veces me sentí augusto. Nunca fui el punto de mis compañeros gracias a Dios pues estuve justo en el intermedio entre los que molestaban y los que se dejaban molestar o como los llamábamos los puntos o huevones de la clase. Muchas veces he escuchado decir a personas mucho mayores que yo: “el colegio es la mejor etapa de la vida”, y también siempre he replicado en mi mente “la mejor época para mi empezó el día en que dejé el colegio, antes de eso todo era una buena mierda”.

He de decir que estudiaba en un colegio sólo para varones (y no tan varones); que nunca fui un buen contendor en las peleas que organizábamos; que me pusieron de mote “sapo” por alguna “hazaña” que concreté con la profesora practicante de psicología de la cual mi madre no estaría muy orgullosa; que tuve un gran y único amigo, Juan Martini, un muchacho con similar carácter al mío al cual molestaban por su peculiar apellido; que fue la primera vez que probé marihuana; que fue la primera vez en que cobardemente traté de quitarme la vida; que fue la primera vez que me alcoholicé hasta intoxicarme; entre otras muchas experiencias.

A estas alturas, lector, lectora, entenderá que el colegio fue una época a la cual no quisiera regresar nunca más, que la odio, que la odié mientras la cursaba y que la odiaré en humilde respuesta a la ilimitada cuita que fueron para mí esos 5 años de mi vida. Sin embargo no seré mezquino, el colegio forjó en mí una personalidad racional y equitativa, y que gracias a ello estoy orgulloso de no ser un desadaptado simio que arregla sus problemas con otros a golpes o insultos. Gracias por eso, cole.

El lema de mi colegio era “Honor, Disciplina y Estudio”, Honor supongo producto de los incontables premios en deportes a nivel nacional, Disciplina especulo era por la educación militarizada que recibíamos y aunque Estudio no proceda de algún hecho concebido en el mismo colegio, más bien en contradicción a esos pocos y malos maestros que arreglaban una nota “bajo la mesa” supongo que era por el simple y algo tonto hecho de que en un colegio se estudia o al menos se pretende eso.

El último día de clases salimos sonrientes por fuera y algo tristes a la vez pues sería una de las últimas veces que sabíamos, nos íbamos a ver. Juramos entre copas de algún licor barato y malo que volveríamos todos los aniversarios del colegio a recordar experiencias juntos, intercambiamos direcciones de e-mail para estar siempre informados del otro y sobre todo juramos que nunca dejaríamos de querer a ese colegio que nos vio entrar con 11 o 12 años de vida y que nos vio salir hechos casi ciudadanos. Pero yo ya desde ese día sabía que todo empezaba para bien, que dejaba a esa horrible época y a esos compañeros míos que entre abusivos, afeminados, feítos, adinerados, raros, delincuentes y sabelotodos me habían hartado y había anhelado dejar atrás, en el olvido.

Como era de esperar, les proporcioné una dirección de correo electrónico falsa, nunca más volví a algún aniversario del colegio, no volví a contactar con ninguno, salvo con mi amigo – hermano del alma, Juan Martini- y odié mi colegio por muchos meses más después del último día, odio que fuera sosegadamente calmado por el tiempo y el olvido.

Como precisé, no volví a contactar a ninguno de los de mi salón pero un día después del trabajo me encontraba caminando por la calle y divisé a lo lejos a uno de mis ex-compañeros de colegio. Traté de esquivarlo, de hacerme el desentendido, el distraído, el tonto pero no funcionó, él me detuvo y me saludó afectuosamente. Al principio se me hizo difícil recordar su nombre, pero poco tiempo después vino a mi memoria que aquel muchacho que había decidido convertirse en parte de nuestras fuerzas armadas y policiales y que efectivamente lo había logrado era mi ex-compañero Julio, Julito García o como solíamos llamarlo de cariño, Garci. Y digo de cariño pues cuando les poníamos apodos a nuestros compañeros de salón éramos muy crueles y humillábamos a las personas agarrándonos de sus taras físicas y mentales. Así teníamos al renacuajo Molina, un chico estrábico que usaba lentes gruesísimos y que al parecer no le alcanzaban para verlo todo claro. A Julio carbón Pérez, un muchacho de piel oscura a quien nos dirigíamos como a un esclavo agradecido eternamente a Ramón Castilla. A Felipe el padre de familia Berríos, un muchacho mayor que nosotros que por alguna razón estaba en nuestra clase pero que con su edad, debería haber estado en situación de egresado hacía mucho. Al parapléjico Fernández, un chico que le gustaba jugar fulbito pero que no se desenvolvía muy bien, a decir verdad, no jugaba un carajo al fulbito, entre otros.

Al empezar a charlar con Julito García, noté que había crecido –si es que yo no había hecho lo contrario, claro está-, noté que hablaba de forma más pausada y rítmica –a diferencia de cuando lo hacía de manera trabada e inentendible-, vi que llevaba el cabello corto, un t-shirt con el logo de las fuerzas armadas, un maletín negro con el mismo logo y un bigote que lo hacía ver mayor. Él según me contó, regresaba de Ayacucho, de un patrullaje de rutina en las alturas de esa ciudad en donde existían remanentes del terrorismo. Me preguntó acerca de qué estaba haciendo por la vida, efectivamente me hizo un comentario, a manera de reclamo, de por qué me había equivocado al darles mi dirección de correo electrónico, que no habían sabido nada de mí por varios años, que si me estaba yendo bien, que si había vuelto al colegio, que si había conversado en todos estos años con alguien del salón, etc.

Pasados los minutos traté de endilgarle eufémicamente una excusa para irme pero parecía no entenderla o no importarle un carajo el hecho de que no quería seguir charlando con él un minuto más. No fue hasta esa pregunta que me dejó ir: Se acerca el aniversario del cole, iras ¿verdad?, pregunta a la cual respondí con un trabajoso, no puedo Garci sorry, tengo que trabajar de noche, sin embargo, si es que logro ir te llamaré, ahora tengo que irme ok, ya nos vemos. Y cuando estaba empezando a irme me dijo bueno ok, pero no te vayas pues, no tienes mi número, ¿cómo me vas a llamar?, Y yo, cierto Garci, ops! Ando volado, dame tu número por favor que yo te llamo, fue cuando me lo dio y por fin me libré de él. Ya lejos, eliminé su número de mi teléfono celular, me invadió cierta molestia por haberlo encontrado y me fui.

Por supuesto nunca asistí a esa reunión, no lo llamé, no lo volví a ver.

Nunca quise que se tornara de esta manera, no terminé la primaria con una idea concebida de aborrecer la secundaria, no. Fue la peor época de mi vida por muchos motivos. Es tranquilizante saber que ya no tengo que ir al colegio, que todos esos roñosos recuerdos se olvidan y ya no importan más. No obstante, la secundaria me hizo bien por otro lado, uno que recién descubrí en la Universidad, me hizo mejor persona en algunos aspectos y es algo que agradezco a algunos de mis maestros más recordados, aquellos que sin duda alguna no sabían que significancia o peso semántico poseía el Honor, la Disciplina o el Estudio pero que de tanto repetirlo se me quedó grabado y que años después de salir del colegio recién entendí. Gracias a todos, pero, No way sir, al colegio no vuelvo más, ni huevón.

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