El Perú Avanza
Hace algunos días escuchaba el cadencioso discurso que un catedrático daba con el pecho hinchado de orgullo acerca de la situación actual de la economía peruana. En aquel discurso daba cuenta de algunos avances en materia de mejora de la calidad de vida del peruano promedio, la lucha contra la pobreza y el desempleo, la nuevas y mejoradas políticas económicas que se están implantando en el país, etc. Yo, muerto de sueño, escuchaba sus estadísticas, observaba sus tablas, sus índices, sus explicaciones sin fin y lo poco que mi mente podía procesar era que el Perú estaba de putamadre y que todo andaba viento en popa.
Yo ya podía advertir tales avances en materia de economía y desarrollo, pues en casa, sólo miro tres canales, VH1 y los dos canales de la CNN, y esto sumado a que mi hogar es un bastión floreciente de diversas corrientes políticas y económicas, en sencillas palabras, cada uno tira por su lado, cosa que sin duda es algo poco usual en una familia, pues generalmente los pilares de una familia inculcan, directa o indirectamente, iguales formas de pensar con respecto a estos temas a los menores pero no en mi hogar. Así tenemos:
A mi madre, Pamela, la de izquierda conservadora.
A Gonzalo, el de izquierda radical y algunas veces fascista.
A mi hermana, la menor de la familia, Cristina, la bendecida por el escudo protector del capitalismo.
A mí, el fan número uno de Adam Smith y Milton Friedman.
A mi hermano mayor, Josué, el desentendido o apolítico con tendencias izquierdistas.
A mi abuelo, Pedro, el derechista caleta, pues si le preguntas te dirá que es de izquierda pero es sólo una careta que lo oculta de curiosos.
Y todo esto va a que en las paredes de mi casa, el tópico de conversaciones varía entre política internacional y economía y desarrollo nacional. Esto es algo que nos mantiene informados y que sin duda no cambiaría de mi hogar, pues siempre hay opiniones encontradas y no sólo una misma visión. En ese sentido, adoro estar en casa, siempre uno puede tirarse al sillón a leer un buen periódico o a ver las opiniones vertidas en The Economist.
Entonces, al escuchar a ese señor entusiasmado hablar de nuestros avances económicos sumado al día de mierda que había tenido, estaban caldeando mis ánimos y sólo pensaba en ir a dormir a casa. Pero claro, no podía porque como recordarán, lector, lectora, por un ensayo pasado, mi trabajo no me lo permite, y sé que al final del día tendré que ir a resolver bilingües problemas ajenos. Es así que al terminar esa presentación me encontraba en semi-coma onírico en mi sitio. Al salir, me dirigí a mi hogar a cenar para poder ir a mi centro de trabajo y así repetir un día más mi ritmo de vida.
Al llegar a mi trabajo esa noche, saludé a todos normalmente, empecé a hacer mis labores cotidianas pero algo me daba mala espina esa noche, algo, que sería, el inicio del final.
Pasadas las horas, mi jefa me llamó algo misteriosa y pensé que algo se traía entre manos que al parecer no era nada bueno. Me dijo:
“Brayham, estás haciendo un trabajo estupendo, no he tenido quejas en tu sector, pero sabes, el negocio se ha reducido notoriamente en estos últimos meses…”
Allí recordé todas y cada una de las palabras de ese señor del discurso aburrido, y me decía en mi mente, como sólo dirigiéndose a mí, “el crecimiento en materia de calidad de vida y empleo en el Perú ha llegado a un punto importante y por más productivo, atravesamos una época fructífera y si seguimos a este ritmo llegaremos a consolidarnos como una de las economías más estables y fortalecidas de Latinoamérica”. Y así prosiguió:
“Como sabrás, ha habido diversos recortes de personal en algunos sectores de la empresa, y esta vez nos ha tocado lamentablemente a nuestro sector…”
En esta parte de la comunicación, me imaginé lo peor, un escalofrío recorrió mi cuerpo, y efectivamente continuó:
“Sé que no esperabas esto, pero es mi deber informarte que el Directorio ha dejado sin efecto tu contrato y que dejarás de trabajar en un mes hábil…”
En ese momento mi mente recordó la deuda que tengo con la Caja Municipal y que me mantendrá atado hasta inicios del año 2012:
“Esta no es una decisión mía, tú lo sabes, eres un gran empleado y has sido golpeado por la temporada baja como muchos otros, lo siento mucho. Deberás acercarte a la oficina principal el día lunes a las 9 am. a acordar fechas y pago de derechos laborales. Es lamentable pero era mi deber informártelo.”
Al dejar de hablar con mi jefa me senté a meditar, a hallar soluciones, a idear la forma de comprender lo que pasaba. Ese día trabajé desganado, no hallaba la fuerza suficiente para salir de ese estado que me dejó en shock, simplemente, no lo podía creer.
Es así que al día siguiente se lo conté a mi madre, la cual reaccionó de la misma forma y se apenó bastante por mi situación de próximo desempleado. Así pasaron los días y fui asumiendo poco a poco la idea que dejaría de asistir a ese trabajo que me había procurado un cálido beneficio pecuniario al final de cada mes y que sabía iba a extrañar por esa parte. Ahora estaba abocado en pensar cómo conseguiría el dinero para seguir pagando mi deuda con esa entidad prestamista que seguramente no entendería mi penosa situación y estaría dispuesta a embargarme hasta la última hebra genital si no pagaba a tiempo.
La última noche de ese mes ingresé a mi centro de labores y traté a todos mis útiles de escritorio de manera más cariñosa, como diciéndoles adiós pequeñines, pórtense bien, los voy a extrañar, y así las horas pasaron extrañamente más rápido a diferencia de cuando duraban una eternidad. Al llegar la última hora que iba a estar sentado en esa silla que me había aguantado mientras el sueño me ganaba, una pareja de blancos rasgos se acercó y me dijo de lo más frescos:
Sir, can I use your telephone? I want to make some phone calls, pregunta a la cual yo respondí con, what do I care, this is my last night working here, go ahead, lo cual les provocó una risotada que sinceramente no me llamó la atención acompañar. Al finalizar mi jornada guardé todas mis pertenencias, indebidamente tomé otras para llevármelas de recuerdo, observé mi fotocheck, recordé anécdotas en ese lugar, algunas tristes, otras graciosas, pero sin duda recuerdos que quedarán para la posteridad.
Los días siguientes terminaba la U e iba a casa con la idea preconcebida de alistarme para ir a trabajar pero recordaba que ya no tenía que hacerlo. Tuve esa sensación de alistarme para ir a trabajar muchos días después. Veía el reloj y decía “se me hizo tarde, maldición, llegaré tarde a… ah verdad, ya no trabajo”. Días después asistí a cobrar una gratificación que al menos fue recompensante.
Si bien es cierto, ahora tengo más tiempo para descansar, ya no tengo los beneficios económicos que antes, ya no puedo darme esos gustitos que me procuraba de vez en cuando, no, ahora sólo pienso en cómo pagar mi deuda y salir de este momento difícil por el cual estoy atravesando. Es sin duda una dura contradicción entre lo que el Perú está viviendo actualmente y lo que me tocó vivir con mi despido en tiempos fértiles y productivos. Ya no importa más, pues parece que el Perú avanza, pero deja a algunos de sus hijos olvidados en el camino.
Yo ya podía advertir tales avances en materia de economía y desarrollo, pues en casa, sólo miro tres canales, VH1 y los dos canales de la CNN, y esto sumado a que mi hogar es un bastión floreciente de diversas corrientes políticas y económicas, en sencillas palabras, cada uno tira por su lado, cosa que sin duda es algo poco usual en una familia, pues generalmente los pilares de una familia inculcan, directa o indirectamente, iguales formas de pensar con respecto a estos temas a los menores pero no en mi hogar. Así tenemos:
A mi madre, Pamela, la de izquierda conservadora.
A Gonzalo, el de izquierda radical y algunas veces fascista.
A mi hermana, la menor de la familia, Cristina, la bendecida por el escudo protector del capitalismo.
A mí, el fan número uno de Adam Smith y Milton Friedman.
A mi hermano mayor, Josué, el desentendido o apolítico con tendencias izquierdistas.
A mi abuelo, Pedro, el derechista caleta, pues si le preguntas te dirá que es de izquierda pero es sólo una careta que lo oculta de curiosos.
Y todo esto va a que en las paredes de mi casa, el tópico de conversaciones varía entre política internacional y economía y desarrollo nacional. Esto es algo que nos mantiene informados y que sin duda no cambiaría de mi hogar, pues siempre hay opiniones encontradas y no sólo una misma visión. En ese sentido, adoro estar en casa, siempre uno puede tirarse al sillón a leer un buen periódico o a ver las opiniones vertidas en The Economist.
Entonces, al escuchar a ese señor entusiasmado hablar de nuestros avances económicos sumado al día de mierda que había tenido, estaban caldeando mis ánimos y sólo pensaba en ir a dormir a casa. Pero claro, no podía porque como recordarán, lector, lectora, por un ensayo pasado, mi trabajo no me lo permite, y sé que al final del día tendré que ir a resolver bilingües problemas ajenos. Es así que al terminar esa presentación me encontraba en semi-coma onírico en mi sitio. Al salir, me dirigí a mi hogar a cenar para poder ir a mi centro de trabajo y así repetir un día más mi ritmo de vida.
Al llegar a mi trabajo esa noche, saludé a todos normalmente, empecé a hacer mis labores cotidianas pero algo me daba mala espina esa noche, algo, que sería, el inicio del final.
Pasadas las horas, mi jefa me llamó algo misteriosa y pensé que algo se traía entre manos que al parecer no era nada bueno. Me dijo:
“Brayham, estás haciendo un trabajo estupendo, no he tenido quejas en tu sector, pero sabes, el negocio se ha reducido notoriamente en estos últimos meses…”
Allí recordé todas y cada una de las palabras de ese señor del discurso aburrido, y me decía en mi mente, como sólo dirigiéndose a mí, “el crecimiento en materia de calidad de vida y empleo en el Perú ha llegado a un punto importante y por más productivo, atravesamos una época fructífera y si seguimos a este ritmo llegaremos a consolidarnos como una de las economías más estables y fortalecidas de Latinoamérica”. Y así prosiguió:
“Como sabrás, ha habido diversos recortes de personal en algunos sectores de la empresa, y esta vez nos ha tocado lamentablemente a nuestro sector…”
En esta parte de la comunicación, me imaginé lo peor, un escalofrío recorrió mi cuerpo, y efectivamente continuó:
“Sé que no esperabas esto, pero es mi deber informarte que el Directorio ha dejado sin efecto tu contrato y que dejarás de trabajar en un mes hábil…”
En ese momento mi mente recordó la deuda que tengo con la Caja Municipal y que me mantendrá atado hasta inicios del año 2012:
“Esta no es una decisión mía, tú lo sabes, eres un gran empleado y has sido golpeado por la temporada baja como muchos otros, lo siento mucho. Deberás acercarte a la oficina principal el día lunes a las 9 am. a acordar fechas y pago de derechos laborales. Es lamentable pero era mi deber informártelo.”
Al dejar de hablar con mi jefa me senté a meditar, a hallar soluciones, a idear la forma de comprender lo que pasaba. Ese día trabajé desganado, no hallaba la fuerza suficiente para salir de ese estado que me dejó en shock, simplemente, no lo podía creer.
Es así que al día siguiente se lo conté a mi madre, la cual reaccionó de la misma forma y se apenó bastante por mi situación de próximo desempleado. Así pasaron los días y fui asumiendo poco a poco la idea que dejaría de asistir a ese trabajo que me había procurado un cálido beneficio pecuniario al final de cada mes y que sabía iba a extrañar por esa parte. Ahora estaba abocado en pensar cómo conseguiría el dinero para seguir pagando mi deuda con esa entidad prestamista que seguramente no entendería mi penosa situación y estaría dispuesta a embargarme hasta la última hebra genital si no pagaba a tiempo.
La última noche de ese mes ingresé a mi centro de labores y traté a todos mis útiles de escritorio de manera más cariñosa, como diciéndoles adiós pequeñines, pórtense bien, los voy a extrañar, y así las horas pasaron extrañamente más rápido a diferencia de cuando duraban una eternidad. Al llegar la última hora que iba a estar sentado en esa silla que me había aguantado mientras el sueño me ganaba, una pareja de blancos rasgos se acercó y me dijo de lo más frescos:
Sir, can I use your telephone? I want to make some phone calls, pregunta a la cual yo respondí con, what do I care, this is my last night working here, go ahead, lo cual les provocó una risotada que sinceramente no me llamó la atención acompañar. Al finalizar mi jornada guardé todas mis pertenencias, indebidamente tomé otras para llevármelas de recuerdo, observé mi fotocheck, recordé anécdotas en ese lugar, algunas tristes, otras graciosas, pero sin duda recuerdos que quedarán para la posteridad.
Los días siguientes terminaba la U e iba a casa con la idea preconcebida de alistarme para ir a trabajar pero recordaba que ya no tenía que hacerlo. Tuve esa sensación de alistarme para ir a trabajar muchos días después. Veía el reloj y decía “se me hizo tarde, maldición, llegaré tarde a… ah verdad, ya no trabajo”. Días después asistí a cobrar una gratificación que al menos fue recompensante.
Si bien es cierto, ahora tengo más tiempo para descansar, ya no tengo los beneficios económicos que antes, ya no puedo darme esos gustitos que me procuraba de vez en cuando, no, ahora sólo pienso en cómo pagar mi deuda y salir de este momento difícil por el cual estoy atravesando. Es sin duda una dura contradicción entre lo que el Perú está viviendo actualmente y lo que me tocó vivir con mi despido en tiempos fértiles y productivos. Ya no importa más, pues parece que el Perú avanza, pero deja a algunos de sus hijos olvidados en el camino.

Asi es la vida mi brother!!!
ResponderEliminarFuerza cabronn!!!
Es cierto, así es la vida =/ Gracias por el comentario!
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