Un encuentro imaginario

Regreso de un viaje de estudios. Regreso cansado, aburrido, odiando mi carrera universitaria y todo lo que ella comprende. Regreso con el seño fruncido, suministrando los últimos pábulos de aliento que aún quedan para continuar, regreso sin la misma bizarría con la que viajaba en primer o segundo año, regreso, awebado de todo.

Ha sido un viaje que terminé tal cual empecé, cansado, sin haber pegado bien el ojo, trasnochado, cavilando aquella utópica situación en la cual estoy en harmonía con la universidad y mis aspiraciones literarias. Ha sido un viaje de aciagas experiencias como ningún otro, me he vuelto un completo emo, mi mente comienza a reverberar una idea algo sediciosa, la de dejar la universidad.

Empiezo a escuchar a esa voz interna que perora un solo pensamiento, aquel de alejarme de aquellas personas que me hacen daño, aquellas personas que sin querer deterioran mi espíritu, que sin imaginárselo, pues no lo dejo notar, convierten ese color esperanza en una opacidad de cuidado. Deseo encontrarme, hallar a aquel personaje que sueña con una vida estupenda en donde todo transcurre en términos de harmonía, serenidad y relativa calma.

Y aunque de niño dormía muy bien (las horas necesarias para no acoger a esas patas de gallo), siempre tenía esos sueños distópicos que quedaron en mí para la posteridad y que ningún electrodo pegado a mi cabeza pudo siquiera advertir en diferentes clínicas del Perú. Ya soñaba con estos escenarios en los cuales me sentía atrapado por aquel pendenciero azar que era para mí como una camisa de fuerza. En este momento, me es difícil ser yo.

Regreso con serias bajas amicales, cada vez son más, quiero creer que no soy yo, que son ellos los que deciden alejarse y es que antes ganaba dos amistades por cada una que perdía pero ahora es al revés: gano una amistad por cada dos que pierdo y se proyecta a ser algo peor, a ser sólo bajas en el futuro. Por otro lado, he comenzado una relación con una chica maravillosa, alguien que por el momento es como la morfina que no me hace pensar en el dolor de esas bajas, pero sé que en algún tramo de mi vida ese efecto ciertamente se desvanecerá y he de dar la cara a todo lo que esas serias pérdidas significan. Por ahora no está en prioridad mayor, al menos.

Vuelvo con muchos kilómetros recorridos a pie y es que a algunos hijos del tío Sam les gusta caminar como negros y debo supuestamente estar preparado para cuando me toque caminar con ellos pero yo sólo sé que odio el trekking. Si quieres ver un paisaje bonito, cómprate una postal o googléalo; no me hagas caminar a mí goddamnit!. Odio ir en bus por caminos de trocha, odio tener que bajar del bus para escuchar el aburrido y repetitivo discurso de un guía de turismo, odio que no caiga una maldita gota de agua caliente en el baño de hotel. Odio tener que comer extrañas comidas nativas. Odio todo cuando estoy de mal humor, me odio.

No sé hasta cuando estaré de mal humor, creo que será hasta cuando le dé y me dé una chance más a la vida para poder continuar sobreviviendo con éxito. Hasta eso, todo será odio expreso a cualquier actividad turística. Hasta que ese encuentro imaginario con mi yo harmonioso se concrete, hasta que dé vahos de calma relativa y pueda nuevamente continuar.

Ya fue.

Comentarios

Entradas populares