ENSAYO SOBRE MI PATERNIDAD

PRÓLOGO 

La vida solía ser divertida, llevadera y liberadora hasta hace sólo algunos años, ¡demonios! parece ser ayer que me encontraba viajando al rededor del mundo, haciendo nuevas amistades, entregándome a fugaces y poco ortodoxos romances de verano. Atrás quedaron aquellos años en los cuales mi vida transcurría entre vuelos largos, noches color ceniza debatiéndome entre la sobriedad y el desposeerme completamente de consciencia, de servicios a la habitación de madrugada o de desvelos viendo las repeticiones de Larry King en la habitación de algún hotel en Miami.

Recuerdo con palpable nostalgia aquellos días en los cuales la gente parecía exigir mi presencia, aclamar y hasta necesitar mi aparición en lugares donde la bohemia y la noche se confundían en un baile embriagante y hasta pecaminoso. Era sin duda, un ser de la noche.

Estaba en mis 23 años, la vida era buena, la gente me amaba, todos parecían disfrutar mucho de mi compañía, era el tiempo perfecto y claro, no podía arruinarlo atándome a las cadenas de la paternidad, eso, era algo impensado, inconcebible, inaudito para alguien que se procuraba una vida lasciva, llena de placeres mundanos y por qué negarlo, a veces, oscuros y vergonzosos.

Lo de ser padre nunca fue un pensamiento que me quitara el sueño, lo veía como la idealización de la locura, el fin de la fiesta, la mala noticia que nadie quiere recibir en un día soleado y risueño. En parte, se lo debo a mi padre; él nunca estuvo a mi lado, se hizo a mi cargo de una manera muy tibia y siempre distante, sin parecerle agradarle mucho la idea. Con el paso del tiempo creo que fue lo mejor, y no lo digo con resentimiento, pues hace varios años volteé la página, mi padre y yo fumamos la pipa de la paz y hoy en día nos llevamos bien. En realidad lo digo porque presiento que no hubiera tenido ni gozado de tanta libertad de haber tenido una figura paterna absorbente, autoritaria, como creo que es mi padre.

Hoy me siento más como jugando los descuentos del partido, aquel juego que disfrutas mucho, que no quieres que acabe nunca, me siento en la necesidad de alargar más esa existencia en la cual sólo importo yo y nadie está a mi cargo... Pero, por otro lado ha nacido lo impensado, mis deseos más profundos y por muchos años ignorados han empezado a cavilar un sabotaje, sí, un sabotaje a aquel muchacho de los eternos veintes, que pensaba únicamente en qué fiesta colarse, o a dónde quería llegar esta noche con su ventajosa labia. Una parte de mi ha empezado de manera muy tenue a regar la semilla de la paternidad.

Y como todo lo desconocido y respetando mi condición humana, el temor también ha aparecido, un limbo de opiniones introspectivas se baten a muerte cada vez que mi fuero interno sopesa la idea de tener un pequeño yo, en procrear la continuación de mi historia, una alejada de la bohemia que rodeaba mis días felices, una sin duda menos tribulada.

¿Qué tengo yo para ofrecer a alguien que sin saberlo, depende de mi al 100%, alguien a quien significo su universo entero y más allá? No lo sé. 

La edad apremia, y no lo digo porque piense que se me está "yendo el tren", lo digo porque quizás mi yo muy adulto no sea tan divertido como en mis veintes y eso es algo que no quisiera ofrecerle a alguien a quien quiero regalarle lo mejor de este mundo. Mis treintas ya no son como mis veintes ni serán como mis cuarentas, el tiempo pasa rápido y no quiero desperdiciarlo, pero, esta maldita inseguridad juega en contra.

La paternidad es un camino difícil y al parecer, el sendero en el cual me encuentro caminando a convergido...




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